El Principito ha vuelto, Carta para el aviador.


Cada día me doy cuenta de lo mucho que soy como las personas grandes y leer el principito me hace recordarlo aún más. “Doy demasiadas explicaciones, debo haber envejecido” te entiendo perfectamente aviador, no es fácil seguir siendo niño en este mundo lleno de grandes.

También me di cuenta que las personas grandes me desanimaron, quería ser doctora y salvar vidas, pero me dijeron que debía ser abogada y defender vidas. La verdad no fui ninguna de las dos, leyendo los planetas a los que visitó El Principito, creo que por un momento me convertí en hombre de negocios contando dinero para meterlo en un banco, o gastarlo en cosas vacías que poco me llenaban,

Viendo estrellas pensando poseerlas, atrofiando mi espíritu, mi cuerpo, mis codos, diciéndole al Principito cuando se acercaba a mí que no tenía tiempo para sus preguntas.

Necesité de mucho tiempo, al igual que tú mi querido aviador, para saber de dónde venía. El Principito llegaba a mi vida cada día, visitando mi planeta y yo me encargaba de rechazarlo o ahuyentarlo como rey, vanidosa o farolera.

Estaba tan preocupada de mis problemas que no me di cuenta de todas las veces que llegó el Principito a mi planeta, menos mal que él nunca renuncia a una pregunta, así que un día tuve que notarlo.

El Principito me enseña cada día, que las cosas que me molestan son mi responsabilidad y me deben hacer salir de mi pequeño planeta para conseguir respuestas, como él, como las personas que llegan a una mentoría, que llegan hasta mí a pedir ayuda ¿desde qué planeta vendrán en búsqueda de una respuesta? ¿Hasta qué planeta llegaré para conseguir lo que busco?

En la búsqueda me puedo encontrar con exigirme demasiado o pedir demasiado del otro, y del rey aprendí que “Hay que exigir a cada uno lo que cada uno puede hacer” solo queda descubrirme para conocer mis límites y de las personas a quienes guíe, no quisiera pedirle al Sol que se ponga a las 3 de la tarde, la frustración me acompañaría por siempre.

También El Principito me enseñó que debo encontrar un sentido en mi oficio y acompañar a otros a encontrarlo también, una buena manera de empezar es ocuparme de algo diferente a mí misma y a mis preocupaciones. Así sea cuidar de una flor tendrá más propósito que solo pensar en mis problemas.

El Principito también me recordó la importancia de los ritos, de los horarios, lo que hace que los días sean diferentes, visitar a quien necesita, llamar a quien amo, ocuparme de hacer amigos y “domesticar” a otros porque el tiempo que dedico en otro nunca será perdido, hará que el otro sea diferente y me transformará a mí en cada paso.

El tiempo dedicado en cada mentee lo hará diferente, único, auténtico, gracias a lo que has dado de ti para esa persona, y en el camino terminará haciéndome también especial, importante, soy responsable de cada uno de ellos porque llevan una parte de mí.

Dejándome con el último y más importante aprendizaje y quiero repetirlo para no olvidarlo:

“Lo esencial es invisible a los ojos. Hay que mirar con el corazón”

Aquello que no puedo ver es lo más importante, lo que no puedo contar, explicar incluso con palabras, eso que se lleva mi alma, mi espíritu y corazón que a veces sale con lágrimas, sonrisas o rabias es lo que me motiva, mueve, llena y apasiona igual que a las personas a las que debo guiar y acompañar.

Entonces basta de ser como las personas grandes y enfocarme en los números y tratar de medir resultados con datos exactos, no te olvides de preguntarte qué viste hoy con el corazón... Yo hoy vi al Principito y me contó todo esto.

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